El filósofo Jean-François Lyotard elaboró una
metáfora para referirse a lo que significó el Holocausto (o Shoá), uno de cuyos
engranajes centrales lo constituyó Auschwitz: fue como un gigantesco terremoto
que devastó ciudades enteras y personas, pero también destruyó los sismógrafos
que podían medir su magnitud. Así nos advierte de la extrema dificultad para
comprender este descenso al salvajismo. Al respecto, decía el historiador Ian
Kershaw: «Frente a Auschwitz, la capacidad de explicación del historiador
resulta insuficiente». El lenguaje sólo puede expresar una parcela de esta
liberación de la bestialidad.
El 27 de enero de 1945, hace mañana 72 años,
el ejército ruso entró en Auschwitz y liberó a los pocos prisioneros que
quedaban en el campo. Ya habían sido asesinadas 1.100.000 personas, en su
mayoría judías. Comenzó a conocerse ese día el más alto grado de inhumanidad
que tuvo la humanidad. ¡Nuestro pasado más doloroso y pesado!
Los nazis comenzaron por tergiversar el
lenguaje. Llamaban «solución final del problema judío» al plan de
asesinato por gaseamiento; «emigrados», a los deportados;
«trapos», a los cadáveres, etc. En un siniestro intento por
metaforizar el crimen, los nazis decían que Auschwitz era un «campo de
concentración». En realidad se trataba del mayor ejido preparado para el
asesinato masivo, integrado por cámaras de gas, hornos, un complejo de fábricas
de trabajo esclavo y experimentación médica con seres humanos vivos (Auschwitz;
Auschwitz II o Birkenau; Auschwitz III o Monowitz). Como nunca antes en la
historia se utilizaron los cuerpos productivamente: los cabellos, la piel y la
grasa, incluso las cenizas de las víctimas.
La memoria no es el recuerdo individual; es
una representación colectiva que tiene la humanidad de los recuerdos personales.
La memoria es una construcción y esto depende de cada época y de cada sociedad.
Auschwitz demandó varias décadas hasta que dejó de ser un lugar meramente
geográfico para transformarse en un lieux de la memoire (lugar de
conmemoración), según la expresión creada por Pierre Nora; es decir, uno de los
espacios emblemáticos para la memoria colectiva.
Hay un antes y un después de Auschwitz, ya que
hasta entonces la filosofía no había podido pensar una cuestión así. Rafael y
Rena Moses (1986) se preguntaban: «¿Qué hay en los humanos que pudo dar
origen al Holocausto? ¿Qué se puede hacer para evitar que se repita? Quizá no
sea demasiado tarde para continuar con la búsqueda de respuestas».
Una respuesta la brindó Theodor Adorno:
«La exigencia de que Auschwitz no se repita es la primera de todas en la
educación». Alain Finkielkraut enfatiza: «La (sola) poesía de Goethe
no impidió los siniestros logros de Hitler». Y en otra oportunidad señala:
«Es imprescindible recordar para esterilizar el vientre que dio a luz a la
terrible y horrenda bestia».
Concluye su libro Primo Levi, sobreviviente de
Auschwitz: «El fascismo es un cáncer que prolifera rápidamente, y su
regreso nos amenaza. ¿Es mucho pedir que nos opongamos a él desde el
principio?».
¿Cuál es nuestra función luego del Holocausto
(Shoá)? Para el filósofo Edgar Morin está claro: «Debemos resistir a las
formidables fuerzas de regresión y de muerte? Debemos prepararnos para nuevas
opresiones… Resistir».
Presidente del Centro de Investigación y
Difusión de la Cultura Sefardí
El deber de la memoria
27/Ene/2017
La Nación, Argentina, Por Mario Eduardo Cohen